Los miserables: Sueños de gran película

Los miserables: Sueños de gran película.  Un libro escrito por uno de los más importantes autores de una de las literaturas más relevantes de toda la historia. Un libro ambientado en una de las épocas más apasionantes en la historia moderna, y que ha sobrevivido al implacable paso del tiempo. Un libro que dio lugar a un igualmente inmortal musical, que al igual que su predecesor, se ha especializado en mantenerse siempre joven. Una historia emotiva, combinada con una poderosísima partitura, ha hecho de dicho espectáculo un auténtico fenómeno de público, convertido en catarata emocional que arrasa en cualquier escenario en el que pone los pies. Una sociedad de lujo entre literatura y teatro… una sociedad a la que, sin embargo, y es de justicia decirlo, hay algunos cretinos -entre ellos, vaya por delante, servidor- que jamás llevaron a cabo ningún tipo de acercamiento a ella.

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 A todos ellos -nosotros-, el cine brindó una oportunidad dorada de redención. Era cuestión de tiempo que ‘Los miserables’ hicieran el salto a la gran pantalla… por enésima vez. Entonces, ni los más vagos tendríamos excusa para no ruborizarnos por el desconocimiento de la obra de Victor Hugo (o de Claude-Michel Schönberg & Alain Boublil & Jean-Marc Natel, siendo éstos tres mucho más protagonistas). La industria cinematográfica alarga una vez sus zarpas hacia dicho material, creyendo que tiene a su favor una excepcional alineación de astros, ideal para conquistar, una vez más, al público… y de paso, y por qué no, a la Academia. Hablando en plata: Tom Hooper dirige y Hugh Jackman, Russell Crowe y Anne Hathaway (¿?) protagonizan. Por si alguien no se había enterado todavía, la carrera por los Oscar ha empezado.

 Y lo ha hecho con uno de los grandes blufs del año. Decepción colosal no porque estemos ante una mala película, sino por algo que, teniendo en cuenta que el factor hype juega aquí un papel importantísimo, puede ser peor. La cuenta de promesas incumplidas, que se han quedado en una especie de limbo, supera de largo a la de aciertos, que sin duda, y para ser justos, también los hay. Como no podía ser de otra forma, estando el equipo de la película apoyado por un nada desdeñable poder de producción, que brinda en esta ocasión una correcta -que no impecable- ambientación y una buena -que no brillante- factura técnica, además, claro está, de la contratación de las estrellas con el brillo suficiente como para deslumbrar a todos aquellos que acudan a la sala, antes de que empiece la sesión, con lo ojos abiertos como platos y con el grifo lacrimógeno abierto.

 Sí, Hugh Jackman está estupendo, demostrando al gran público, después de su excelente gala de los Oscar en calidad de maestro de ceremonias, que su hábitat natural quizás esté más cerca de Broadway que no de, por ejemplo, la mansión de Charles Xavier. Anne, Hathaway (en la línea de la citada gala) convence a pesar de sus pocos minutos en pantalla, y la dupla Bonham Carter & Cohen cumple a la hora de aportar un bienvenido toque humorístico imprescindible para que el conjunto no caiga -sin recuperación posible- en un auto-inducido y profundísimo pozo de patetismo con aires dickensianos. Hasta aquí, todo bien… si bien nada invita a la ovación que de buen seguro debe darse, entre acto y acto, en cualquier teatro donde se represente dicha obra.

 Sí, pero… Sin salirnos del firmamento hollywoodiense, aparece un improbable Javert encarnado por un imperdonable error de casting. No es que Russell Crowe flojee como actor, es que desentona (nunca mejor dicho) como cantante en un musical en el que es muy rara la frase que se pronuncia sin ser cantada a grito pelado. Ve uno los números de Mr. Crowe aplastado por un inmenso sufrimiento. Por sus cuerdas vocales, que amenazan siempre con reventar. Por nuestros tímpanos, que difícilmente van a aguantar la bomba decibélica. Por el cielo de nuestra ciudad, que a buen seguro va a estar cubierto de negros nubarrones cuando salgamos de la sala de cine. Y un larguísimo etcétera. Para cerrar la carpeta interpretativa: ¿qué hay de las jóvenes promesas Amanda Seyfried y Eddie Redmayne? Se quedan precisamente en lo que son estos ”miserables”: en promesa.

 La aportación del oscarizado Tom Hooper no desentona. Es más, como no podía ser de otra manera, explica el por qué del desencanto generalizado. Quien se mostrara -mejor confirmara- en ‘El el discurso del rey’ como un muy competente narrador de pequeñas historias (en un trasfondo gigantesco, eso sí), resbala aquí estrepitosamente a la hora de insuflar energía a una grandilocuencia que, o bien precisamente le viene demasiado grande, o bien le importa demasiado poco. El caso es que, y volvemos al principio, a los poquísimos desdichados que tengan en esta versión de ‘Los miserables’ su primera experiencia con el archifamoso musical, les costará horrores entender por qué arrastra tanto furor. Éste apenas aparece, pues queda semienterrado en un triste ejercicio de estilo anti-fílmico, firmado por alguien que no ha sabido o no ha querido entender que la buena adaptación es la que sabe coger lo mejor de los distintos formatos con los que juega. Sin esta mentalidad, no hay manera, por lo que no es de extrañar que ‘Los miserables’ terminen siendo un hueco, ruidoso y a la postre interminable canto al derroche de potencial. Es por esto que mientras los personajes en la pantalla, envueltos en su(s) propia(s) miseria(s), sueñan con una vida mejor, al espectador no cegado por la contundente partitura, solo le queda soñar con la gran película que hubiera podido ver…

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