Conoce cuánto dura el amor

En las últimas estadísticas conocidas sobre “estado civil” en la Argentina surgió que cayeron en un 5% los casamientos y que aumentaron considerablemente los divorcios. Mientras que en la década del 90 había 87 divorcios por día, llegaron a ser 172 los registrados diariamente entre 2001 y 2010. Según datos recientes , el amor parecería no durar más de un promedio de 6 años: “el 54% de las parejas que se divorciaron durante 2010 llevaban menos de diez años juntos; el 34%, menos de seis”.

Si bien no hay números concretos sobre la realidad de la convivencia sin papeles , un “formato del amor” de notable crecimiento en las últimas décadas, los testimonios y casos conocidos se suman a las estadísticas ya conocidas.

¿Por qué el amor de pareja dura, promedio, no más de seis años? ¿Es real esto de la comezón del séptimo año?

Si bien están quienes creen que éste suele ser el tiempo promedio del estado natural de enamoramiento; que a los 6 o 7 años hay cuestiones que dejan de “sentirse” y en nada se parecen al estado de “los primeros tiempos”; nada haría suponer que están escritas o “garantizadas” las fechas de vencimiento. Lo que sí existen son claros indicadores de por qué hoy solemos estar menos tiempo en pareja que décadas atrás.

Podríamos decir, ante todo, que cambió el estado de “conciencia” sobre el sentido de realidad de los vínculos, del “para qué” y “por qué estamos juntos” .

Tiempo atrás no había demasiados cuestionamientos o se resistía en la insatisfacción. Con el correr de las décadas han ido perdiendo fuerza los mandatos del “ser y estar casado y procrear”.

Sin embargo, gran parte de los matrimonios de hoy, de entre 30 y 40 años, fracasan porque persisten en la idea de lo que “esperan” sus familias y el resto de la sociedad. Muchos proyectos familiares fracasan en el primer intento porque nacen del mandato y no del sentimiento. Unos cuantos cumplen con el objetivo en las segundas o terceras vueltas.

Parece que el amor ya no es lo que era; ¿o somos nosotros que andamos perdidos, desconectados, entre tan ansiedad y urgencia?

El amor como sentimiento, como deseo, como emoción, es el mismo amor de siempre. El estado más positivo y deseado por excelencia mantiene intacta su esencia primaria y original.

El “amor de pareja”, de hecho, es para todos la forma de vincularnos que más nos ocupa y preocupa. Aunque a algunos les parezca “retrógrado” entenderlo desde lo que dice la antropología del amor, persiste en la humanidad, y poco parece que cambiará, esta biología salvaje y natural de “seducirnos, encontrarnos y reproducirnos, para preservar la especie, asegurarse la continuidad genética, trascender y sentirnos realizados con nuestra condición de género”.

Dicho de otra manera -pese a las estadísticas de esta última década-, por regla general, hombres y mujeres seguimos deseando, conscientes o no, estar en pareja, casarnos y tener hijos. El matrimonio, la paternidad y el progreso económico siguen siendo los indicadores más contundentes del paso confirmado a la vida adulta. De hecho, llegados los 40, el encuentro amoroso y la idea de la descendencia se convierten en uno de los asuntos urgentes a resolver o remediar.

Si bien la empresa del matrimonio pareciera desjerarquizarse, sorprende ver como, sobre todo entre los 35 y 45, a poco de haberse separado, muchos persisten con la idea de estar en pareja, incluso de casarse, para volver a intentar el proyecto de familia.

¿Por amor?, ¿por temor a la soledad?, ¿para evitar los duelos?, ¿para repartir los gastos?, ¿para demostrar que el anterior fue un error y no un fracaso?, ¿para cumplir con lo que se espera?…

Lo nuestro se… ¿acabó?

¿Por qué crece el número de divorcios si, en definitiva, todo lo que buscamos es amor? Porque, continuando con algunos de los datos que ya hemos anticipado, nuevos vientos y corrientes parecen modificar las aguas en las que nadamos y “remamos” a diario.

No es que el amor ya no es de novela, no es que el amor ya no da rating; sólo que es época de otros formatos, otros lenguajes, otros “tiempos”.

Vivimos en una cultura menos tolerante; “sin tiempo”, siquiera, para detenernos a ver qué nos pasa, cómo podemos resignificar o fortalecer el compromiso. Si bien el amor es “de a dos”, el acelere y el exitismo individual puede convertirnos en personas egoístas; en seres que corren como si todo fuera una cinta de gimnasio. De una manera u otro, sin darnos cuenta, alimentamos este estilo de vida “descartable”.

Precisamente, esta modernidad de urgencias, hiperexigencias, consumo y “resultados rápidos y exitosos”, parece habernos hecho creer que se puede sacar el amor del freezer y mantenerlo, “revivirlo o calentarlo” con un simple golpe de microondas.

Este nuevo “lenguaje”, es el que ha sustituido muchos “te quiero” por “yo quiero”.

De hecho, el escenario económico-social-cultural de esta época infla el “temor al fracaso” de muchos de los adultos jóvenes de hoy que prefieren “estar solos que mal acompañados”.

Hacemos lo que podemos. Cada pareja configura el vínculo como quiere (o crea conveniente y posible) para estar lo más juntos o a la distancia necesaria para tolerarse, comprenderse, acompañarse y continuar.

Tal vez, para comenzar con este tiempo necesario de reflexión, convenga entender que, más allá del formato elegido o posible, la “filiación” es “un motivo que se caracteriza por el interés en establecer, mantener o restaurar una relación afectiva positiva…”

Hay un primer tiempo para la pasión; que dura los mismos meses que se mantengan encendidas las primeras hormonas del deseo frenético. Viene luego un tiempo para la intimidad; esto de confiar y compartir con el otro algunos de nuestros secretos y misterios más íntimos o personales. Pero lo que da garantías de futuro es, pasado los primeros años de relación, el hecho de comprometernos a sostener este interés por estar juntos, sabiendo que la relación vive sufriendo cambios con el correr de los años.

El vínculo se modifica porque cada uno de nosotros no es el mismo de hace un tiempo atrás. Todo avanza (o retrocede). Todos evolucionamos o nos pasan cosas distintas a las que acabamos de vivir juntos, como pareja, o en nuestra vida íntima o personal. No siempre es fácil acomodar las nuevas ideas y sentimientos de cada quien a lo ya conocido o a las costumbres de la pareja (en la próxima oportunidad hablamos de la saludable teoría del “triángulo amoroso”).

Sólo quienes se animan a la mejor experiencia que nos da la vida, logran saber cuánto dura (o puede durar) el amor. El deseo, la expectativa razonable (más allá de “lo ideal”), así como el compromiso sensible y responsable son quienes ajustan los tiempos. La cultura del momento propone y cada quien dispone.

Hay quienes aún pueden dar testimonio de que es posible el amor para toda la vida.

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